Anoche volvimos a pensar en ella. En la explosión de luz blanca directamente procedentes del cerebro y en los destellos azules seguidos de orgasmos eléctricos.
Nunca pensamos que volveríamos a estremecernos ante el solo pensamiento de otra mañana enferma sin droga, otra madrugada cuya lluvia no se convierte en brisa sosegada, porque ahora sentimos cómo la ansiedad, una necesidad sin cuerpo ni sensaciones, nubla nuestros pensamientos.
Rápidamente nos levantamos, combatiendo los ataques de la repugnante vida invertebrada que empiezan a minar nuestras fuerzas, y nos dirigimos al puesto de venta habitual donde comprar paz y entendimiento a unos pocos euros la dosis.
En un pueblo sin ruidos, es todo un alivio el que todavía podamos oír nuestras pisadas sobre el empedrado de las calles. Nuestras pisadas huecas, repitiendo su sonido en el eco de las paredes teñidas de naranja por las farolas de una noche en proceso de extinción. Hay que darse prisa, antes de que llegue la hora sin sombra pues, llegado tal momento, no habrá nada que hacer.
Al final del camino de casas desportilladas e invadidas por el hambre voraz de la hierba se encuentra el surtidor de nuestra felicidad. Sólo unos metros más y habremos llegado.
Para nuestra desgracia, el vendedor que habitualmente nos proporcionaba nuestra mercancía ha desaparecido. Algunos rumores señalan que un ajuste de cuentas acabó con sus negocios quizá excesivamente egoístas; otros remiten a lo usual del acontecimiento, ya que tales individuos, con su gris y espectral presencia, no suelen durar mucho tiempo fijos y, dado el instante de su partida, los crédulos que se atrevieron a tomar en serio sus productos yacen alrededor de su templo marchitándose mientras murmuran lentamente su cancioncilla fantasmagórica.
Para cuando nos damos cuenta ya es demasiado tarde; debimos suponer que tal cosa ocurriría y la imprudencia de salir demasiado tarde, de quedar expuestos al mundo real debe ser castigada.
Finalmente llega la hora en que los niños salen a las calles a jugar, llenando la mañana con sus gritos. Cuando ya las paredes negras reflejan la luz amarilla del sol, el vuelo de las palomas rompe el aire quieto, sacudiendo sus alas como si se desprendieran de la noche. Vuelan y caen sobre los tejados, mientras los gritos de los niños revolotean y parecen teñirse de azul en el cielo del amanecer. Entonces los autómatas ostentan su poderío mientras ríen y exhiben sin pudor sus venas que refulgen con la misma insultante intensidad que el neón. Ríen a carcajadas porque nos quedamos solos, me quedo solo, ovillado y tiritando en medio del pavimento, a salvo del cálido clima externo.